Aprendí a leer tus reacciones, a interpretarlas y a ajustar la intensidad y el ritmo de mis movimientos.
Entendí el lenguaje de tus jadeos, a obedecerlos y a seguir sus instrucciones con la punta de mis dedos.
Reconocí las reacciones de tu cuerpo, su trémulo deseo, y buceé en la humedad de tu sexo.
Y así, sin más palabras ni falsa poesía, nos entregábamos al placer, nos dedicábamos a disfrutarlo y nos dejábamos llevar hasta perder la cuenta de tus orgasmos, esos orgasmos que a la vez que te recorrían con espasmos también eran completamente míos.

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